martes 6 de abril de 2010

Jugando a ser antropólogo.

¡Aviso importante! Mi pesimismo se ha visto acentuado en los últimos días. Nada especial, únicamente la corroboración gota a gota de mi apocalíptica opinión me ha hecho subir de nivel.

¿Animales sociales? ¡Venga ya! con los dedos de una mano conozco los casos en los que un ser humano ha realizado una buena obra por otro, incluida la familia, y esas excepciones no pueden soportar la regla. Que por diferentes motivos, principalmente la auto aceptación y el sentirnos mejor con nosotros mismos (nótese el interés personalizado), nos planteamos vivir en sociedad, sea, pero insisto, nuestra necesidad básica de compañía, únicamente puede explicarse en contadas ocasiones y para fines muy concretos: por ejemplo, cazar un mamut.

miércoles 31 de marzo de 2010

Reflexión al volante.

Conduzco despistado, como de costumbre. Tengo una extraordinaria habilidad para tomar siempre el camino más largo, pero eso sí, la llegada a mi destino está garantizada, la hora no. Conducir me aburre, y hacerlo entre tanta gente luchando por imponer su ruta, su ritmo y su velocidad me agota. Cuando me haga rico con este blog lo primero que contrataré será un chófer. Pero uno que esté calladito. Si algo me molesta más que conducir, es darle conversación a alguien que está alvolante. Valoro mucho los silencios incómodos, pero con cautela. Normalmente esa sensación te posee y pasados unos segundos, es fácil dar por sentado que no necesitamos dialogar. Uno debe elegir muy bien con quién mantiene esos silencios incómodos. Existen sujetos, sin ninguna consideración, que te espetarán la primera sandez que les venga a la cabeza, o peor aún, te la escribirán.

Estáis avisados.

miércoles 24 de marzo de 2010

Prueba de vida.

Lamento la ausencia, pero en las últimas semanas no he sido una buena compañía. Los descalabros personales y profesionales se han sucedido sin piedad uno tras otro. Doce asaltos he aguantado estoicamente en pie, pero sintiéndome grogui desde el primer directo. En consecuencia, el pesimismo se apoderó del que suscribe y como suele ser costumbre en mi persona me he recluido en cuerpo y alma, literalmente, en una especie de hibernación de la que lamentablemente al contrario de lo que indica la lógica, no he perdido un sólo kilo. Mas bien todo lo contrario.

¿Hay algo positivo? sí, que lo estoy escribiendo todo. Mi primera novela toma forma, como debe ser, fruto del despecho, lo inconfesable y las entrañas.

¡Ufff! que a gusto que he quedado.

lunes 8 de febrero de 2010

Superando el esquema mental. (y IV).

Tres meses después de iniciar su cruzada, una legión de imitadores comenzaron a realizar simultáneamente sus ataques con la misma preparación y habilidad que Agustín. No había noche que alguna sucursal resultara ilesa. En los medios de comunicación comenzaron a aparecer mensajes de calma y tranquilidad por parte de las autoridades y amenazas por parte de la empresa.
Si no cesa de inmediato este injustificado ataque a nuestras oficinas abandonaremos la región dejando sin empleo a numerosos trabajadores.
- Estas palabras las pronunciaba un portavoz de la entidad bancaria intentado, sin éxito, hacerse la víctima.
Y así tuvieron que hacerlo. En un breve comunicado, la entidad bancaria afirmaba el inmediato abandono de actividades en la comunidad autónoma hasta nueva orden.
- No hay empresa que aguante esta crisis internacional y estos continuos ataques a su estructura de trabajo. - Añadió el impresentable portavoz de la entidad.
Fue un triunfo fugaz, consciente de que todo volvería a la normalidad en poco tiempo. Agustín se dirigiría ahora a un buen hotel para escribir sus últimas doce páginas y terminar lo que empezó tres meses atrás. Con éxito.

domingo 7 de febrero de 2010

Superando el esquema mental. (III).

Se dirigió a un Carrefour cercano. Nadie lo vincularía jamás, pero le gustó la idea de que un hipermercado francés fuera su cómplice. Recorrió los pasillos que tantas veces visitó sin ganas, en busca de la oferta o arrastrando hacia adelante un carro detrás de su pareja de turno. ¿Quién se introduce voluntariamente en un laberinto con cientos de desconocidos? Nadie en su sano juicio. Únicamente puede explicarse por la necesidad de alimentarnos. Guardó el ticket para que quedara bien claro que la superficie comercial le facilitó los utensilios y aguardó la noche cenando en un McDonald’s cercano.
Cuando le pareció que la oscuridad ocultaría suficientemente sus actos volvió al coche, arrancó y volvió a dirigirse hacia la sucursal bancaria que esa noche resultaría mancillada. Volvió a aparcar en el paso de cebra, respetando la plaza para minusválidos, se puso un pasamontañas, tomó todos los productos inflamables que pudo cargar y entró en el pequeño espacio habilitado para el cajero automático. Roció todo lo posible de aquel cubículo que alguna vez pudo, incluso, parecer un apropiado dormitorio improvisado hasta que comenzó a desprender un olor que Agustín interpretó como el adecuado para proceder a usar las cerillas. Mantuvo la puerta ligeramente abierta con el pié derecho y encendió el fósforo. Al arrojarlo todo le pareció ir a cámara lenta. La cerilla, prendida, seguía los principios elementales de la gravedad descendiendo. Agustín retiró el pié de la puerta que se cerró poéticamente hasta proporcionar intimidad total al mixto que al tocar el suelo ocasionó un magestuoso fogonazo. Casi toda la callé se iluminó. Tremenda, la antorcha que había generado. Se podía estudiar la carrera de derecho a la luz de aquella sucursal ardiendo de haber cuidado su mantenimiento. Un segundo de fascinación y diecisiete para huir del lugar de los hechos con al satisfacción del deber cumplido. Sin multa.
Todavía le dio tiempo a algún periódico para publicar una reseña sobre lo sucedido. No era lo importante. La prensa constataba que Agustín no lo había soñado, que había sido capaz de llevar adelante su plan y se reafirmó en su objetivo. A este ataque le sucedieron muchos más. Piedras contra contra los cristales, nuevos incendios, coches empotrados contra las paredes de cristal, cualquier cosa que ocasionara gastos a la oficina o eliminara la prima del seguro por los escasos partes anteriores. Paralelamente, la tozudez de la oficina era digna de elogio. Nunca tardaban más de una semana en reparar los daños y en consecuencia, volver a estar operativa para los clientes y su imaginativo asaltante. Contrataron varios servicios de seguridad privada que debían costarles un pico, pero Agustín siempre acababa burlándolos con cerebro y dedicación. Era de justicia reconocer que cada vez le costaba más tiempo planificar las agresiones e incluso pasó por su cabeza cambiar de objetivo, pero no fue necesario.