Regresemos al plan. Le había perdido el miedo a los bancos. Ellos se aprovechan de que valoras absurdamente tu existencia para que después, sin al parecer tener otra salida, vivas condenado a esa esclavitud tolerada por las instituciones. Pensó que aunque las sucursales estaban bien preparadas en lo que a presupuestos y seguros se refería, todas las empresas montan oficinas que deberían ser auto suficientes. Si comenzaba a golpear una sucursal de forma discreta pero continuada, eso se vería reflejado en su balance de cuentas y al aumentar las pérdidas y obtener un resultado negativo la cerrarían. Un plan sencillo, sin piruetas, pero que probablemente funcionaría.
Accedió a Internet, en el buscador de oficinas, con la intención de seleccionar a su primera víctima. Una oficina pequeña, céntrica, con pocos empleados y muy automatizada fue la elegida. Se dirigió hasta allí con su coche, aparcó en un paso de peatones pero respetando escrupulosamente el aparcamiento para minusválidos. Recibió su primera multa que no iba a pagar y sacó con la tarjeta de crédito un cantidad razonable en el mismo cajero de la oficina que poco después atacaría. El dinero era suyo, sí, pero encontraba cierto placer al imaginarse que la misma víctima pagaría por su destrucción. Tomó la multa del parabrisas y arrojó a una papelera. La única propiedad a su nombre era ese coche y cuando fueran a embargarlo, él se abría encargado de dejarles un buen amasijo de hierros que les costase más retirarlo del lugar que lo que obtendrían vendiéndolo al peso por chatarra.
“He sido paciente, pero todo tiene un límite” (Nota de suicidio. Página seis.)
domingo 7 de febrero de 2010
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